
Mártires entre os Povos Indígenas
GUATEMALA * 13/07/1982
Sacerdote jesuíta espanhol, Fernando foi missionário na Guatemala. Membro da Direção Nacional do Exército Guerrilheiro dos Pobres. Morreu combatendo na cordilheira dos Cuchumatanes, às margens do rio San Juan.
Simples, fraterno, sincero, pobre como os pobres da Guatemala, Fernando era um sacerdote sempre disposto a ensinar, a iluminar com a reflexão teológica oportuna, a ouvir, a servir aos indígenas do altiplano, aos camponeses da costa sul, aos professores, catequistas, universitários na tarefa comum de ir gerando uma Guatemala nova.
Para isso trabalhou incansavelmente; deu cursos; caminhou horas a fio pela montanha, fiel ao lema que o levara ao sacerdócio: “Lançar a sorte com os pobres desta terra”. Até que um dia compreendeu que a voz dos pobres clamando justiça era abafada com a mentira, cadeia, tortura e massacre.
E com eles decidiu seguir o único caminho possível: a luta armada. “O exemplo de Fernando não desaparecerá jamais daqueles que como nós compartilhamos nos últimos anos da mesma luta. Suas ideias, ensinamentos, capacidade de trabalho, seus sentimentos profundamente humanos, sua entrega à libertação de nosso querido povo, todos os ensinamentos que forjou em seu lar, na Companhia de Jesus e no exército guerrilheiro dos pobres, não se apagarão do povo da Guatemala”, escreveu um companheiro guerrilheiro aos pais de Fernando, ao lhes anunciar sua morte.
Junto de Fernando caiu igualmente ferido de morte o guerrilheiro menino “Chepito Ixil” de treze anos. “Sabemos que vamos cair em combate, que vamos morrer, mas sabemos por que estamos lutando”, dizia “Chepito”.
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Texto elaborado por Tonny, da Irmandade dos Mártires da Caminhada,
a partir de leitura dos livros: Sangue pelo Povo – Martirológio Latino-Americano – Ed. Vozes.
Carta escrita por Fernando a seus companheiros Jesuítas
9 de septiembre de 1980
Dentro de las exigencias de la lucha revolucionaria actual, hoy doy el paso de integrarme más a la lucha revolucionaria donde lo exige la situación: en un lugar de la montaña de Guatemala. Pienso que es lo que de mí exige la lucha revolucionaria en este momento. Mi fidelidad es a ese pueblo en el que Dios está presente y lo demás son instrumentos para esa lucha.
Mi decisión está tomada después de pensarlo suficientemente, es el resultado de un proceso de evolución y el fruto de la exigencia del momento de la lucha revolucionaria de nuestro pueblo. No es una decisión fácil, y, en todo caso, la menos cómoda, pero hoy es en ese puesto concreto donde pienso que debo estar y doy este paso con toda la decisión, alegría y esperanza con la que siempre he procurado dar los pasos decisivos en mi vida.
Para mí este paso no significa dejar la Compañía de Jesús, aunque estoy abierto al futuro y puede ser que dentro de unos meses no piense así. Pero si esto es incompatible con seguir siendo jesuita, tendré que aceptar, no sin dolor, el dejar de serlo. En todo caso, nunca dejaré de ser cristiano, pues pienso que aunque yo dejara de creer en Dios, El nunca dejaría de creer en mí. Ahí está el principio y el secreto de mi esperanza para avanzar por la vida. Esperanza que no evita ningún sacrificio, ningún dolor, ni ninguna lágrima, pero que ayuda a transformar toda la vida, aunque sea dejando la de uno. Los principios cristianos que siempre me han guiado, seguirán guiándome en cualquier parte que esté y Dios, presente en el pueblo, seguirá siendo mi brújula hasta la victoria siempre, que está aquí y más allá. El momento de lucha es tan grande, tan fuerte, tan importante que exige que los que estamos luchando, vayamos caminando hacia compromisos cada vez mayores, que exigen nuevas formas de lucha.